La gentrificación en Colombia es un desafío estructural que supera al turismo

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El debate contemporáneo sobre la gentrificación en Colombia suele señalar de forma directa a los viajeros internacionales y a los nómadas digitales como los únicos responsables del encarecimiento del costo de vida. No obstante, la evidencia demuestra que este fenómeno responde a dinámicas estructurales mucho más profundas.

Los cambios acelerados obedecen principalmente al comportamiento del mercado inmobiliario, el diseño de la planificación urbana y las directrices de las políticas públicas actuales. Daniel Jato Espino, docente especializado de la Universidad Internacional de Valencia (VIU), institución perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades, analiza los factores reales detrás de esta problemática que transforma barrios enteros en América Latina.

Para un portal que pone su ojo en la sostenibilidad, comprender estos componentes resulta vital. El turismo consciente debe coexistir de forma armónica con las identidades locales. Por lo tanto, el desarrollo económico de las regiones no puede consolidarse a costa de la expulsión de sus residentes originales.

El impacto del mercado inmobiliario en los barrios tradicionales

La movilización hacia los entornos urbanos constituye una tendencia histórica en el continente. De acuerdo con las estadísticas de la CEPAL, la población urbana en América Latina pasó del cuarenta y un por ciento en el año 1950 a un ochenta por ciento en el año 2010. Asimismo, las proyecciones técnicas indican que para el año 2050 esta cifra alcanzará el noventa por ciento de la población total. En este contexto, ciudades colombianas como Medellín o Cartagena de Indias sufren transformaciones aceleradas en sus sectores habitacionales tradicionales.

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El núcleo del problema se encuentra en la especulación y en las expectativas de rentabilidad de los propietarios. Al ejecutarse mejoras en el espacio público o aparecer comercios modernos, las zonas ganan una alta visibilidad. En consecuencia, muchos inmuebles dejan de concebirse como espacios residenciales dignos. Los mismos pasan a ser considerados principalmente como activos financieros o turísticos, lo que reduce drásticamente la disponibilidad de vivienda asequible para las familias nativas.

Políticas públicas para garantizar el derecho al territorio

El experto de la Universidad Internacional de Valencia (VIU) aclara que la movilidad humana y la llegada de nuevos talentos son dinámicas saludables para la vida de las ciudades. El verdadero desafío radica en la ausencia de regulaciones estatales que protejan el tejido social preexistente. Cuando las obras de renovación arquitectónica no contemplan medidas de amparo vecinal, los beneficios económicos terminan concentrándose en unos pocos sectores de la población.

Retrato del docente Daniel Jato Espino, especialista de la Maestría en Ingeniería y Gestión Ambiental.
Daniel Jato Espino, docente de la Universidad Internacional de Valencia (VIU) —institución que hace parte de la red Planeta Formación y Universidades—, analiza con un enfoque estructural y académico los complejos impactos de la planificación urbana y el mercado inmobiliario en el continente.

“Aunque el turismo y los nómadas digitales pueden intensificar el fenómeno en ciertos barrios, la evidencia apunta a que la gentrificación tiene un carácter más estructural. Es un proceso más complejo que tiene que ver con cómo funciona el mercado de la vivienda, con el atractivo de determinados barrios y con decisiones y planificación urbanísticas”, explica el docente Daniel Jato Espino.

Para mitigar este impacto silencioso de exclusión, los gobiernos deben hallar un equilibrio entre la modernización y el derecho a permanecer en los territorios. Existen alternativas viables como regular el mercado de los arrendamientos en las zonas bajo mayor presión comercial. De igual manera, se hace necesario asegurar viviendas asequibles, defender el comercio local frente a las grandes cadenas y realizar un monitoreo constante de los indicadores demográficos y socioeconómicos de la población. Solo mediante una planificación participativa se logrará que el progreso urbano no destruya la herencia viva de nuestras comunidades.

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