Por Iván Darío Caicedo
Una vez más la administración municipal le da la espalda al Centro de la Ciudad. Una vez más se traslada el máximo certamen cultural y folclórico de nuestra “Tacita de Plata” a la periferia.
Como si sintiéramos vergüenza, como si quisiéramos esconder nuestro centro de la furtiva mirada de propios y extraños… No sólo no nos conformamos con convertir en un hecho comercial nuestra Feria de las Flores, sino que además le arrebatamos su origen, su patrimonio histórico y cultural, su razón de ser.
Creí que la administración del alcalde Federico Gutiérrez corregiría el error conceptual que venían cometiendo las administraciones anteriores desde épocas “fajardistas”, pero veo que “El Centro” nuestro centro, ya no es digno de albergar los pasos pausados de alpargatas y cotizas sudadas de pétalos y ramas, ese centro que vio descender a Cultivadores dignamente por entre las orillas de la quebrada Santa Elena y hasta la Plazuela Nutibara, en un ramillete sinfónico, qué enarboló una “Mujer de 4 en conducta”, para luego distribuirse en medio de la magia dominical por la Medellín de entonces, su tradicional barrio Prado, el Parque de Berrío, la Placita de Zea, el atrio de la Catedral y acopiar al final del día en la Plaza de Florez.
Imaginarme la soledad de la Oriental, de La Playa y de San Juan un 7 de agosto sin sus Silleteros, me hace pensar en una madre a la que le arrebatan el hijo de sus entrañas, el que parió en pleno sol de agosto fruto de la Eterna Primavera y que que mostraba con orgullo a propios y extraños sobre su alfombra de asfalto tapizado de Gladiolos y Gardenias, de Azucenas y Aves del Paraíso, de Rosas, Margaritas, Claveles, Siemprevivas, Pinos y Laureles… Rebozada de aplausos en un encuentro fraternal con quienes jamás le habían visitado pero sabían que estaba allí.
Porque el desfile de Silleteros en el Centro de Medellín, no era sólo un desfile, era el pretexto perfecto para que padres encopetados de la periferia enseñaran a sus hijos orgullosos sus años mozos de aventuras en San Ignacio, cine en el Colombo, Retreta en el Parque Bolívar, Mimos en La Playa, música en la Arteria y Mitos en el Pablo Tobón o alguna noche en el discreto encanto de lo “Prohibido” en Girardot.
El desfile de Silleteros en El Centro, era un renacer anual para los antioqueños, era revivir la esperanza de poder caminarlo de nuevo y de hacer de él nuestro centro cultural, poder vivir de los espacios del Palacio de cultura Rafael Uribe Uribe, revivir los foros de la Cámara de Comercio o las actuaciones de Comfama de San Ignacio, los días de teatro del Matacandelas y del TPM, las noches de bohemia en las Torres de Bomboná y los conciertos del Parque San Antonio.
Ahora la Plaza de las Flores se fue al Barrio Colombia, el desfile a Guayabal, la administración hace años a la Alpujarra y el corazón de la cuidad a la periferia.
Es excelente diversificar, crear nuevos espacios, tener nuevos hijos para el patrimonio, pero es de necios matar a la Madre en plena producción para darle vida a hijos bastardos, sin ADN, sin historia, sin referentes de un patrimonio histórico y cultural que cada vez los antioqueños conocemos menos y que tan poco hacemos nada por preservar, multiplicar y transmitir a nuestras nuevas generaciones…
En la distancia de mi cuerpo y en la cercanía de mi mente y de mi corazón, no me queda más que citar al gran poeta que fuera Don Jorge Robledo Ortiz y decir: “Siquiera se murieron los abuelos…”
