El tercer día empezó temprano. Con la reseña histórica bajo el brazo, salí en busca de esos pedazos de historia que prometen las guías. Sin embargo, al caminar, uno se da cuenta de que existe un turismo superficial, basado en tachar listas y coleccionar fotos de revista, que dista mucho de la verdadera experiencia de conocer un lugar.

Conocer no es sumar kilómetros; es caminar entre la gente, sentir sus olores y entender sus realidades. Mompox no es solo las tres calles bellas restauradas por el Ministerio de Cultura; también son las calles polvorientas, los techos de lata y los partidos de fútbol improvisados con tarros viejos. Allí, entre la humildad y la falta de alcantarillado, encontré a la gente más amable, sencilla y honesta, recordándome las orillas de mi propia infancia en la quebrada Sabaletas.

La arquitectura que cuenta historias de sombras
La historia de la colonización se lee en cada esquina. Las placas de piedra narran hazañas de próceres, pero la arquitectura cuenta otra historia: la del esfuerzo físico de indígenas y esclavos que edificaron estas moles para satisfacer los deseos europeos, alimentados por la riqueza mineral que bajaba por el río.
Mompox es, sin duda, un lugar de una belleza abrumadora. Las iglesias están llenas de esculturas adornadas con joyas invaluables, una opulencia que a veces contrasta con el mensaje de humildad que originalmente las inspiró. Sin embargo, si se miran esas joyas sin prevenciones, su estética es fascinante, al igual que las casonas frescas y espaciosas que ofrecen soluciones ingeniosas a las dificultades climáticas de la región.

El patrimonio según la UNESCO vs. el pueblo vivo
Se dice que todo el pueblo es declarado Patrimonio Histórico de la Humanidad por la UNESCO, pero la realidad es que ese título se queda en las tres calles históricas y la albarrada. El resto del pueblo, donde habita la mayoría, parece no existir para los ministerios ni para las agencias de viaje tradicionales.
Me sorprendió gratamente que la zona histórica siga viva. No hay que ser rico para habitar estas casonas; vi talleres de televisores, ventas de “chécheres” y refugios compartiendo espacio con lujosos talleres de filigrana. Las ventanas permanecen siempre abiertas, invitando a la mirada curiosa, a diferencia de las iglesias que permanecen cerradas, custodiando sus tesoros con escoltas que te hacen sentir más como un extraño que como un visitante.

Vestigios del Cacique Mompoj y el paso del tiempo
El cementerio, referenciado desde principios de 1800, es una parada obligada en las guías de turismo en Mompox. Allí, tras restauraciones recientes hallaron entierros indígenas anteriores a la colonia, la única referencia real al Cacique Mompoj, de quien deriva el nombre de la población. Del cementerio mismo prefiero decir poco: es un lugar que exhala descuido, un entorno que opaca incluso a los mausoleos más rescatables.

Antes de terminar mi recorrido de “beato cascarrabias”, les recomiendo visitar el Suán, un árbol con más de 450 años de vida que ha visto pasar la historia bajo su sombra. No narraré mi impresión para no ser incisivo; espero que sean ustedes quienes me cuenten qué sienten al verlo y escuchar los relatos de su pasado.

Finalizando el viaje: la lección de los locales
Así terminaron tres días de recorrido intenso. Hubo, por supuesto, fotos bonitas, cervecitas en la plaza restaurada y comida típica a orillas del Río Grande de La Magdalena. En Mompox se camina bueno, se come rico y se suda con intensidad.
A esta altura podrán imaginarse que no disfruté del lugar por estar pensando pendejadas, pero no, realmente es un lugar que hay que conocer, es bello, muy bello y lleno de historia, pero no quería enfocar este relato en lo que se puede leer en cualquier guía turística sin necesidad de visitar el lugar. Las iglesias están llenas de esculturas adornadas con invaluables joyas de oro y piedras preciosas, cosa que no entiendo ya que Jesús vino a enseñar otra cosa y dejó suficiente testimonio al respecto, pero los humanos nos encargamos de distorsionarlo todo.

Pero lo que más destaco es la cultura del respeto hacia la fauna. En Mompox no vi aves enjauladas; vi un mono aullador pasearse por los tejados ante las sonrisas de los vecinos y una babilla en el río que todos cuidaban como a una vecina querida. Esa consciencia ambiental es de admirar y es el verdadero lujo que este destino ofrece a quien sabe mirar.