La magia del desierto más seco del mundo

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Una visita obligada si va a Chile

Por: Luz Mary Fuentes (Chile)

san pedritoMientras el visitante se sorprende con la vista de ese manto verde luego de la última curva que marca la entrada al esperado destino, los sentidos comienzan a alertarse con los primeros signos y efectos de “la puna altiplánica” o mal de altura, pues los 3.500 metros de altura sobre el nivel del mar afectan a algunas personas. Separado por una hora y media de carretera interminable de la ciudad de Calama, San Pedro de Atacama es un destino obligado en el norte de Chile.

Sus casitas de barro del casco antiguo reciben al turista. La Plaza, centro neurálgico y punto de encuentro, debe ser una de las más pequeñas que yo haya visto,  coronada por su parroquia, recientemente cambiada de color, luego de una consulta ciudadana que decidió volver a dejarla del color barro original y terminar con el blanco inmaculado que la había eternizado ya desde la década del 40. Dentro de su edificio se encuentran las típicas imágenes sacras altiplánicas que guardan la característica de ser confeccionadas en madera, articuladas. Lo anterior, debido a que cada año, a los “santitos”, como les dicen con cariño los cuidadores,  se le cambian los ropajes para los eventos religiosos; es así como San Pedro, el patrono del pueblo, o la Virgen de la  Candelaria, lucen para sus fiestas sus nuevos atavíos bajo la mirada orgullosa de quienes han tenido el lujo de fabricarlos cuidadosamente con sus propias manos. Todo lo anterior para ser lucidos en la fiesta patronal en la que los distintos bailes religiosos y tradicionales les rinden honores mientras se realizan las procesiones por el centro del pueblo.

San Pedro es un pueblo que despierta temprano, y sea en invierno con sus 10 bajo cero, o en verano con sus mínimas de 12 grados sobre cero, los minibuses de las agencias de turismo comienzan sus recorridos antes de las cuatro de la mañana para recoger a los afortunados que ya cuentan con la aclimatación necesaria, como para visitar el mayor atractivo de la zona; el campo geotérmico de los Geiseres del Tatio, a 4.200 metros de altura sobre el nivel del mar. Decenas de turistas madrugan ansiosos de ver el amanecer en ese lugar. El frío se hace sentir, y cuando digo aquello, no exagero, si hasta el pelo se escarcha.

licancabur desde fortaleza de QuitorAl ingreso al recinto administrado por la comunidad indígena, un termómetro digital, que siempre está en números de dos cifras negativos,  recibe a la desenfrenada manada de carros que se rebasan unos a otros para asegurar a sus pasajeros el mejor lugar para el espectáculo que se apronta a comenzar. Con los primeros rayos del sol, sol que no está de más decir que lejos de calentar, parece hacernos tomar más conciencia de que estamos a punto de perder alguno que otro miembro a causa de la hipotermia,  comienza el majestuoso espectáculo. El reverberar de las pozas en forma de pequeños cráteres salinos y costrosos se hace sentir lentamente hasta  que el espectáculo de fumarolas perfectamente sincronizadas logra que todos guarden la mayor observación frente al mágico espectáculo. No importa el olor a azufre, y hasta el frío se olvida. Uno está ahí, presenciando como la Pachamama, Patahoiri, para los atacameños, se muestra majestuosa e impredecible.

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Y como si fuera poco, una vez terminado el espectáculo de los geiseres, la caravana de vehículos se dirige hacia un pequeño poblado, Machuca.  En ese lugar las cuatro familias que habitan permanentemente, se las han ingeniado para sobrevivir y muy bien con el turismo. Al bajar de las camionetas, lo primero que golpea a todos es aquel inconfundible aroma que invade al pequeño pueblito: carne asada. Claro que sí, desde las parrillas dispuestas al costado de las casas, chicharrean doradas brochetas de carne de llama. Y hay que ser sincero, a esas alturas, cuando ya son casi las 12 del día y luego de haber madrugado, pasado frío, y saltado durante horas sobre un árido camino; a todos les viene bien algo de comer. Las filas se alargan para alcanzar los bocadillos calientes, entre los que además se cuentan empanadas de queso de cabra. Ese es justo el momento de disfrutar una pequeña caminata hasta la iglesia del caserío y disfrutar del verdor de las yaretas (único alimento de los camélidos andinos), la claridad del río y del correr de las llamas con sus crías, que bueno, luego terminarán sobre una parrilla.

la cumbreSi los geiseres son bellos, mucho más sorprendente resulta ser el Salar de Tara, ubicado cerca de la frontera boliviana sus paisajes parecen sacados de otro mundo; dunas, amplias planicies estructuras geológicas gigantes, y espejos de agua color cielo, enmarcan a este lugar mágico, donde el silencio, sumado a la majestuosidad del paisaje provocan una emoción tan particular, que en ese momento,  ahí, sintiéndose tan pequeño, uno solamente puede hacer silencio, para escuchar al desierto.

El camino para llegar hasta esta maravilla dura varias horas, y en medio del trayecto se puede disfrutar de vistas irrepetibles , como la de los ríos congelados, con flamencos y todo en ellos; imagen surrealista digna de un cuadro de Dalí, pero no alcanza a ser dramática ya que pronto los guías le explican a los visitantes que dentro de las capacidades de los flamencos está la de desacelerar su metabolismo y poder soportar el quedarse congelados, por decirlo así, hasta que el sol nuevamente les permite volver a la normalidad. Y es que el ciclo altiplánico hace que las temperaturas oscilen bruscamente entre el día y la noche durante cualquier estación del año.

Otro imperdible de San pedro de Atacama es sin duda poder disfrutar del atardecer en el Valle de la Luna. Bautizado en honor a las increíbles formaciones geológicas que asemejan  lo que podemos imaginar como la superficie lunar, este maravilloso valle reúne todas las tardes a cientos de personas que como hormigas trepan todas y cada una de las cornisas saladas que coronan el famoso lugar. Parte de la formación geográfica denominada Cordillera de la Sal, este lugar ofrece un espectáculo único, mientras el sol baja abrazando en el horizonte al volcán Kimal, cumbre sagrada que representa lo femenino, su reflejo atraviesa el valle llegando a iluminar justo en frente al volcán Licancabur, cumbre sagrada masculina, enamorado, según cuenta la leyenda de Kimal.  Cada día, al atardecer, los visitantes son testigos de cómo los enamorados llenan de pasión el valle, pintando cada rincón, cada forma, cada fractal con perfectos rosas, amarillos y rojos. No queda nada más que observar abismado, como esos amantes, bajo la complicidad del Tata Inti, el padre sol, se unen a la distancia y por unos cuantos minutos se olvidan de lo imposible de su amor.

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fiesta de san pedroLo cierto es que he estado muchas veces en esos atardeceres, y siempre terminan de la misma forma, con un silencio sepulcral que es seguido de gritos y aplausos. La vuelta desde el valle al pueblo demora casi media hora, tiempo que la mayoría gasta en observar como a cada segundo la silueta del amante Licancabur, antes colmado de amor, se va tornando cada vez más y más triste y oscuro, hasta volverse una gran sombra que vigila el pueblo a la distancia.

Quizás la principal riqueza y atractivo de San Pedro de Atacama radica en su patrimonio. Los Atacameños, pueblo originario, denominado también Lickanantay, han tratado de luchar contra la invasión afuerina que se ha apropiado de la oferta turística arrasando con casi todos los espacios. Lo más probable es que si usted viene a San Pedro de Atacama como un turista más, no se entere siquiera de que este es un pueblo originario, que su cultura es milenaria y que es justamente esta zona una de las más ricas en lo que arqueología respecta dentro de Chile. Para conocer a los Atacameños hay que ir a los Ayllus, que es donde ellos residen, organizados en grupos familiares que originalmente desarrollaban actividades bien definidas, los habitantes de los Ayllus hasta hoy son una verdadera fuente de tesoros inmateriales para quienes quieren gozar de una verdadera experiencia antropológica en su viaje. Me permito recomendar dos Ayllus en especial, donde la tradición y la riqueza arqueológica son abundante; Coyo y Catarpe, son dos grandes ejemplos de vida en comunidad, rescate y protección de tradiciones.

Las mañanas en San Pedro tienen algo que es mágico. Son frescas, pero siempre iluminadas. El canto de los cuculíes, acompañan cada paso que se da por las empolvadas calles, y la imagen termina de estremecer el corazón cuando uno por primera vez,  ve tremendo, imponente y casi feroz, la imagen del volcán Licancabur. Su forma es aquella que todos dibujamos alguna vez, un triángulo casi perfecto, que durante el invierno altiplánico se corona con un tocado plateado de nieve. Este gigante es el ícono de los ascensos en la zona y la puerta de entrada para quienes quieren comenzar con el ansiado grupo de “seis miles” de la zona (volcanes con alturas superiores a 6.000, sobre el mar que atraen a deportistas y aventureros de todo el mundo).  Para subirlo dicen que se debe contar con una sola cosa; el permiso del “abuelo”, como se le denomina al volcán. Así es que después de mucho tiempo de no atreverme, sentí el llamado de hacerlo y lo primero que hice fue pedir permiso. Luego, caminar hacia arriba durante 11 horas.  La travesía comienza en el sector de Laguna Vverde, lugar en donde existe un refugio en el que se debe pasar la noche para aclimatar y pasar la noche. Hay que levantarse a las dos de la mañana para emprender el gran desafío que muchos no alcanzan por fatiga y que a otros, incluso, les ha costado la vida. La noche se desliza insomne y  presurosa entre los latidos acelerados y la respiración gélida.

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Sólo puedo decir que el ascenso al Licancabur es algo que deben realizar no sólo los amantes de la montaña, sino todos los que quieran renacer. Estando en la cumbre se puede observar su laguna semi congelada, y si uno se anima a recorrer unos 45 minutos más bordeando el cráter puede tener la alegría de realzar cumbre en el lado chileno. Las lágrimas brotan espontáneas cuando se  pisa una cima como esta. La emoción es demasiado intensa, y apenas podemos contenernos en pie cuando al asomarnos al cráter, vemos que la laguna forma un ying yang dibujado perfectamente por una caprichosa capa de hielo. Gritábamos, corríamos, nos abrazábamos…la expedición de once personas había colocado a  seis en la cumbre, todo un éxito!!!

calles de san pedroSan pedro, un pueblo lleno de cosas por ver, lleno de magia e historias, donde la noche se viste de gala con unos de los cielos más hermosos del mundo, bueno, para mí el más hermoso, no en vano alguna vez vine de pasada y me quedé cuatro años observando su cielo, aprendiendo y practicando astronomía andina, recorriendo el camino del Río Estelar y siguiendo la ruta de la Chakana.

Así es San Pedro,  como construido todo por las manos de un alfarero desde la misma tierra, con sus casitas blancas de adobe y sus piños de ovejas y llamas corriendo por las calles polvorientas a media tarde, con aroma a flor de algarrobo y con sabor a arrope de chañar.

Si se decide venir, traiga el corazón abierto. Porque San Pedro se filtra por todas las venas y a veces se adueña de quienes lo visitan por un tiempo. Por experiencia propia puedo decirlo, no hay nada más bello que dejarse llevar por ese enamoramiento.

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