Las ciudades no solo se construyen con ladrillos, concreto y cristal. Se edifican sobre todo a través de los recuerdos y la entrega cotidiana de las personas que habitan sus estructuras. En pleno corazón de la capital, la icónica Torre Colpatria en Bogotá guarda entre sus pisos una memoria viva que muy pocos visitantes alcanzan a imaginar. Se trata de la trayectoria de William Rojas, un trabajador que dedicó treinta y cuatro años de su vida a cuidar esta mole de concreto desde sus alturas más imponentes.
Para un portal de cultura urbana y viajes como Destinos Verdes, rescatar el valor humano de nuestro patrimonio resulta vital. La mirada de quien ha visto transformarse la ciudad desde las nubes nos invita a recorrer la capital con otros ojos.
Un cuarto de siglo suspendido sobre la capital
William llegó al edificio siendo muy joven y sin conocer el miedo al vértigo. Su destreza y tranquilidad frente al vacío lo llevaron rápidamente a asumir una de las tareas más desafiantes del complejo, limpiar los ventanales exteriores en canastas metálicas suspendidas en el aire. Durante veinticinco años, esa fue su rutina diaria mientras los vientos fríos de los Cerros Orientales acompañaban cada jornada de mantenimiento.
A lo largo de esa época, cuando los sistemas de seguridad eran mucho más empíricos, aprendió a dominar la calma y a transmitir confianza a los compañeros que sentían pánico. Entre sus vivencias más preciadas conserva el recuerdo de la primera vez que se iluminó la fachada junto a ingenieros italianos, o el día que transportó en su canasta de trabajo a los actores de un famoso programa infantil.

Cien metros de altura para ver cambiar a toda una ciudad
Desde las plataformas superiores del edificio, William fue testigo privilegiado de las grandes transformaciones de la sabana. Vio crecer las avenidas principales, observó el florecer del turismo alrededor del mirador y sintió el rigor de los cambios climáticos marcados por Monserrate y Guadalupe. Incluso le tocó presenciar desde lo alto momentos difíciles de la historia nacional durante las décadas más convulsas de la ciudad.
“Lo bueno es poder observar historias que nadie más ve y llevarlas dentro de uno”, reflexiona William al recordar los años en los que el cielo bogotano era su oficina habitual.
Un legado de amor por el patrimonio urbanoCon la evolución de la tecnología, las canastas exteriores dieron paso a sistemas modernos y William se integró al equipo de mantenimiento general. La torre no solo le brindó el sustento para conseguir su vivienda propia, sino que se convirtió en su segundo hogar y en el escenario donde tejió amistades entrañables.
A tan solo dos años de alcanzar su jubilación, su mensaje para las nuevas generaciones de trabajadores y para los turistas que visitan el lugar es rotundo y honesto, amar y cuidar cada rincón del edificio. A la Torre Colpatria en Bogotá la definen sus luces y sus pisos, pero sin duda la sostienen las historias entrañables de personas como William.