Un imperdible en Bolivia
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Por Luz Mary Fuentes Sánchez (luzfuentessanchez@yahoo.es)
Es de aquellos lugares en los que uno podría dar rienda suelta a su imaginación y dejarse llevar por el efecto alucinógeno de sus paisajes. Son más de 10.000 kilómetros de desierto blanco ubicado a 3650 msnm. Así es Uyuni, el salar más grande del mundo, gigante blanco enclavado al sur oeste de Bolivia que contiene la reserva de litio más grande del planeta.
Lo primero es aclarar que venga de donde venga y use la rute que use, el viajero será atacado por el soroche o mal de altura, dicho lo anterior podemos aclarar un par de cosas.

Para llegar hasta el salar existen varias rutas, por lo mismo y habiendo conocido ya las otras posibilidades me aventuré a recorrer junto a mi hijo, la ruta que parte desde el altiplano chileno y que cruza en hito cajón, la frontera boliviana, para continuar en un viaje que se extiende por tres días hasta el pueblo de Uyuni pasando por su famoso salar.
Esta vez quería conocer la ruta de las lagunas, que según todo el mundo decía es insuperable en belleza, aunque también lo es en frío, ya que las lagunas se encuentran completamente congeladas la mayoría del tiempo.
Invadida por la emoción y mientras me acercaba a la frontera, no podía dejar de recordar la primera vez que visité el salar, cuando con los aperos necesarios para el frío bajo cero de las mañanas Calameñas, comencé la aventura que trajo varias sorpresas. Ahí aprendí que la tierra tiene la capacidad de penetrar todo, mientras rogaba porque el ruido infernal del bus no fuera presagio de un súbito desarme en plena carretera salobre. Así entre la sonajera y la tierra, se llegó en esa oportunidad a la frontera donde sin mediar más explicación que un “hasta acá no más llegamos”, se nos informó que era necesario descender; estábamos en la frontera y en ese lugar se debía esperar la llegada desde Bolivia del bus que nos conduciría a todos hasta el esperado Uyuni. En cosa de segundos, todo el mundo corrió a buscar algún lugar soleado para realizar la espera. Fue justo en ese momento cuando desde las pocas casas que salpican el pueblo de Avaroa, aparecieron corriendo cholitas con grandes ollas repletas de caldo de gallina y llajua (pasta picante de ají y aliños aromáticos). Pero como es clásico en mi caso, yo moría por una taza de café y la única opción para ello era preguntar casa por casa si alguien podía vendérmelo. Y como el que busca encuentra, tuve el placer de tomar una buena taza de un líquido oscuro y caliente que bien reemplazó al café de mis sueños. Sin embargo debo decir, que ese café ha sido el mejor de mi vida; dentro de una casa que sufría los embates de la condensación producida por el efecto de los primeros rayos del sol sobre las mezquinas latas que hacían de techo, y que provocaban una ligera lluvia interior que mojaba toda la casa, en especial la única cama donde permanecía sentada una pequeña que me contaba sobre sus deseos de algún día poder asistir a un colegio.

Perdida en esos recuerdos estaba, cuando nuestro jeep se detuvo y nos avisaron que nos encontrábamos en la frontera, esta vez era otro lugar, otro vehículo, pero el mismo procedimiento; se debía esperar el transporte boliviano. A partir desde este punto comienza una travesía de tres días que permite abrirse paso entre los grandes volcanes y lagunas mágicas. Cuando al fin arriba el móvil boliviano, el jeep es cargado en el techo con los pertrechos y mochilas de los viajeros, y el chofer que es a la vez guía y cocinero, nos da la bienvenida con la más amplia de las sonrisas que uno puede imaginar, y que luego alcancé a identificar como uno de los efectos del rigor del frío. Ahí hay que armarse de valor, porque a las temperaturas insoportables, los castigos recibidos por los saltos del vehículo, absolutamente carente de amortiguación, y los malestares de la altura, se suma el desafío a la tolerancia musical; ya que la pachanga altiplánica no abandona ni un segundo la inspirada conducción del chofer, que a ratos canta y acompaña con una improvisada percusión las melodías locales.

Luego de traspasar la barrera natural de volcanes, la primera parada es la hermosa laguna blanca, que a esas alturas del día se encuentra congelada y permite tener la impagable sensación de caminar sobre las aguas que incluso parecen haberse eternizado en movimiento en algunas zonas. Seguido de ese impresionante paraje se continúa hacia la laguna verde, enmarcada por las faldas del Volcán Licancabur, que permite el encuentro con los primeros flamencos de la zona. Finalmente las lagunas honda y hedionda brindan un maravilloso paisaje, rodeadas de paja brava y cientos de flamencos de distintas especies. La laguna roja, ya entrada la tarde, marca el fin de la primera parte de la travesía, entre huellas absolutamente terrosas y desérticas.
Los alojamientos en la ruta tienen la particularidad de ser completamente construidos de sal; las paredes, las camas, hasta las mesas y sillas, todo es de sal, lo que brinda un atractivo particular. La primera noche en el salar es dura, la mayoría no duerme y los baños suelen colapsar por los inconvenientes típicos de la altura, de que son víctimas los turistas, si a eso se le suma el ruido de los motores de los jeeps que cada una hora y media los guías hacen funcionar para evitar que se congelen, se puede convenir en que se hace difícil tener una buena experiencia con Morfeo. Las levantadas comienzan a primera hora, aun cuando la oscuridad cubre todo. Pero vale la pena, sobretodo el último día donde se programa ver el amanecer en el salar. La experiencia de ver el sol dibujando colores sobre el gigantesco manto blanco, es indescriptible. Sólo queda decir que es magia pura. Ahí uno se olvida de que hace frío, y qué importa. Yo recordaba mis otros viajes a esta zona, y pensaba que por fin compartía esta maravilla con mi hijo, mientras él volvía a ser niño, se recostaba sobre el piso, comprobaba si realmente era salado(cosa absolutamente innecesaria, pero que aunque usted no lo crea, muchos turistas hacen, al pretender morder un trozo de suelo para después gritar y poner variadas caras irrepetibles) El tiempo en esos minutos mientras el salar se pinta de gris, naranjo y luego blanco, parece eterno, y mientras uno continúa observando ensimismado cada punto del inmenso manto salado, la voz de Florentino, nuestro guía, acompañada de su infaltable sonrisa congelada, nos avisa que debemos continuar el camino.
Y claro, desde la distancia distinguimos las cientos de huellas tatuadas en la base salada por los vehículos que presurosos se dirigen a visitar la isla Incahuasi. Ubicada en medio del salar, presenta un hermoso atractivo, ya que su formación geológica le hace parecer una isla en medio del mar blanco. La superficie de Incahuasi se encuentra en su totalidad poblada por Cactus Cardones, la mayoría ancestrales de variados tamaños que dan la impresión de caminar entre un bosque espinoso, sagrado y encantado.

En dirección a la ciudad de Uyuni, nos detenemos en un pueblito muy pequeño, antiguo asentamiento minero de sal y mármol, Colchani. Sus casas siguen siendo construidas de bloques de sal y es un muy buen lugar para conocer sobre el pasado de Uyuni y la historia reciente.
No sé bien si será por las grandes cantidades de litio concentradas en el salar, por la tremenda y permanente sonrisa de Florentino, o simplemente producto de algún tipo de intoxicación auditiva luego de tres días de pachanga altiplánica, pero la paz que se alcanza en los paisajes de Uyuni, la solemne sensación de sentirse un ser diminuto en medio de ese enorme universo blanco, acompaña a quien lo visita durante mucho tiempo, y siempre invita a volver.






